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El piano

El piano

Introdujo la llave en la cerradura y giró. Se extrañó de no haber cerrado con dos vueltas al salir por la mañana a trabajar, pero no le dio demasiada importancia, últimamente tenía la cabeza muy lejos, en otra galaxia.

Encendió la luz del recibidor y el espejo reflejó una imagen de si misma, cansada, y en cierta manera se avergonzó de lucir aquellas ojeras por la calle y la oficina. Dejó el abrigo y el bolso en la butaca. Intentó adentrarse en el salón, pero el espejo volvió a llamarle. Se enfrentó a él poniendo el reverso de su mano en el cuello descendiendo suavemente por la garganta. Desabrochó los botones de la blusa de encaje blanco con la otra mano y apartó las solapas hacia los costados. Sus pechos quedaron al amparo de la blonda del sujetador. Se le antojaron apetecibles, aunque hacia tiempo que nadie los había disfrutado. Bordeó con la yemas los encajes notando como sus pezones reaccionaban al estímulo. Retrocedió, ahogó el sollozo que subía por su garganta, cubrió su torso nuevamente con la camisa y se dirigió al salón.

Sus ojos quedaron estupefactos a la vez que contrariados. Sobre el piano tres velas ardían rompiendo la penumbra de la estancia. Giró sobre si misma y ahí estaba él, desnudo, apoyado en la puerta de la habitación. Seis meses sin saber de su existencia, deseando su cuerpo y su amor cada noche. Seis meses de desconsuelo soñando con su calor y la suavidad de su piel. Había sido una espera angustiosa y ahora le tenía delante, desnudo y con aquellos ojos penetrantes clavados en los suyos.

Se acerco a él con un brillo en la mirada mezcla de odio y pasión y estrelló su mano contra la mejilla. Su cara absorbió el impacto, favoreciendo el dibujo de una sonrisa insinuante en su boca. La agarró por la nuca, afianzándose en su pelo para acto seguido arrojarla con brusquedad contra el sofá. Dos lágrimas asomaron a sus ojos confundidos. Quizás el odio se convirtió en temor, pero sabía que no podía ni quería resistirse. El se abalanzó sobre su cuerpo tembloroso agarrándola de nuevo por el cuello. La acercó e introdujo su pene en una boca que esperaba lo peor. Notó la falta de aire y una presión inmensa en su garganta. Llegó a pensar que perdía el sentido, clavó sus uñas en los muslos de él y los dientes en su miembro. Él reaccionó hundiendo aún más el puñal en la llaga, ella creyó no importarle morir en aquel mismo momento y de aquella manera. Fue liberada de su opresión, sintiendo como el aire volvía a circular por sus vías. Ese mismo aire fresco que ahora llenaba sus pulmones activó el coraje para dibujar unas líneas sangrantes en el rostro y pecho de su contrincante. Victoria momentánea ya que segundos después su cuerpo colisionaba contra las patas del piano provocando un gemido de dolor amortiguado por la vibración de las cuerdas del instrumento. Sintió que su cuerpo se elevaba nuevamente siguiendo a un brazo que la asía fuertemente por el cabello. Su rostro y sus pechos provocaron otro gemido musical quedando encastados en las teclas negras y blancas. Las costuras de la falda no soportaron el tirón y cayó al suelo junto con lo que hasta ahora había sido lencería fina. Quiso gritar pero un dolor indescriptible junto con un placer incalculable ahogaron las palabras en su maltratada garganta. Quedó totalmente inmovilizada, una mano fuerte y tensa sujetaba sus muñecas a la espalda, mientras notaba como un resorte inmenso penetraba en su interior acompañado de un jadeo que marcaba la pauta. Cualquier movimiento solo conducía a que aquello se hundiese más y más. Obligada a ceder solo esperaba que su carne cediese y se rasgara disminuyendo con ello la fricción. Calmada, vencida y temiéndose desgarrada sintió la retirada de su invasor notando como liberaba al mismo tiempo sus brazos. Quedó a la expectativa con el rostro dolorido descansando en el marfil.

Notó unos dedos suaves recorrer su columna y después unas manos afables recoger con cariño su maltrecho cuerpo y depositarlo suavemente en el lecho del dormitorio. Una lengua cálida saboreó sus amoratados labios, jugó con los dientes y se introdujo en su ya abierta boca para que las dos lenguas se convirtiesen en solo una. Luego, el camino estaba marcado, las orejas, el cuello. Los pezones le esperaban ansiosos con aspecto de domingo. Aquella lengua los saboreó y mordió sin brusquedad. Ella arqueaba el cuello volviendo la cabeza hacia atrás con el fin que los gemidos rascasen su garganta al salir. Su sexo amenazaba con derretirse. Su vientre se hundía esperando la llegada del intruso, los labios se encontraron con los labios fundiéndose en un beso húmedo y apasionado. La lengua buscó aquel apéndice que abre las puertas del cielo y lo oprimió contra las paredes del pubis. Las piernas se abrieron, los talones se clavaron en el colchón favoreciendo la elevación de los muslos y todo quedó dispuesto y a la espera de aquello que momentos antes había provocado tanto caos. Fue penetrada con una dulce suavidad compaginando el movimiento con la respiración y los gemidos. Le provocó un orgasmo sensual, profundo, apasionante y esperado. Los cuerpos quedaron fundidos para siempre sobre el suelo del salón.

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